Hace unos días una persona cercana me recordó: "Son necesarios cuarenta músculos para arrugar una frente, pero sólo se requieren quince para sonreír."
En alguna ocasión, de manera consciente, me he levantado de la cama con la intención de sonreír a todo el mundo y esos días he de confesar que fueron magníficos.
Es de entender que no todos los días tenemos el mejor ánimo para sonreír, y es que los golpes de la vida muchas veces nos “obligan”, a ser infelices y a mantener a todas horas un gesto serio, duro, no amigable, porque esa será la única manera de que seamos sinceros con el dolor, porque realmente es lo sentimos. A pesar de estos días, nuestra sonrisa debe ser una sonrisa triste, porque aún mas triste que la sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír.
Y es que una sonrisa significa mucho, porque enriquece a quien la recibe sin dañar a quien la ofrece, y aunque muchas veces podrá durar sólo un segundo, su recuerdo en ocasiones nunca se borrará. Intentemos sonreirle a la vida y veremos los verdaderos frutos de mostrarle al mundo nuestra felicidad.
En estos días de exámenes me gusta mucho reflexionar: ¡Debemos dejar de desaprender a sonreír!
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